"El Carmelo enseña a la Iglesia a rezar". - Papa Francisco

El carisma carmelita

El camino carmelita de espiritualidad es el camino místico; el medio principal que la escuela carmelita propone para alcanzar el fin de la unión con Dios es la mística; la vocación carmelita, como generalmente se la llama, es la vocación a la vida mística.

Pero antes de examinar en detalle la vocación carmelita, es decir, la llamada a la vida mística, el fin último al que el carmelita, y cualquier otra alma interior fervorosa, debe tender -la unión con Dios- necesita alguna explicación. Encontramos la explicación en esa obra monumental de San Juan de la Cruz, La Subida al Monte Carmelo. En el capítulo quinto del segundo libro de la Subida, el Santo escribe: “Para entender lo que se entiende por esta unión, se ha de saber que Dios mora y está presente substancialmente en toda alma, aun en la del mayor pecador del mundo. Y esta clase de unión se realiza siempre entre Dios y todas las criaturas, pues en ella conserva su ser; de modo que si la unión de esta clase les faltara, se aniquilarían de inmediato y dejarían de ser. Y así, cuando hablamos de la unión del alma con Dios, no hablamos de esta unión sustancial que se realiza continuamente, sino de la unión y transformación del alma con Dios, que no se realiza continuamente, sino sólo cuando existe esa semejanza que proviene del amor; por eso la llamaremos unión de semejanza, así como aquella otra unión (es decir, la de Dios con todas las criaturas) se llama sustancial o esencial. La una (unión sustancial) es natural; la otra sobrenatural. Y esta última se produce cuando las dos voluntades -la del alma y la de Dios- se conforman en una, y no hay nada en la una que repugne a la otra. Y así, cuando el alma se libra totalmente de lo que repugna a la voluntad divina y no se conforma con ella, se transforma en Dios por el amor.”

En este mismo capítulo, el Santo desarrolla esa noción de la purificación del alma en la que ésta “se despoja totalmente de lo que repugna a la voluntad divina” y la explica. Escribe: “Se entiende por tal lo que repugna, no sólo en la acción, sino también en el hábito, de modo que no sólo cesan los actos voluntarios de imperfección, sino que se aniquilan los hábitos de esas imperfecciones, cualesquiera que sean. Y puesto que ninguna criatura en absoluto, ni ninguna de sus acciones o habilidades, puede conformarse o puede alcanzar lo que es Dios, por lo tanto el alma debe ser despojada de todas las cosas creadas, de sus propias acciones y habilidades -a saber, de su entendimiento, gusto y sentimiento- para que, cuando todo lo que es diferente de Dios e inconforme a Él sea desechado, el alma pueda recibir la semejanza de Dios; y nada quedará entonces en ella que no sea la voluntad de Dios y así se transformará en Dios. Por eso Dios se comunica más con el alma que ha progresado más en el amor, es decir, la que tiene su voluntad más conforme con la voluntad de Dios. Y el alma que ha alcanzado la completa conformidad y semejanza de voluntad, está totalmente unida y transformada en Dios sobrenaturalmente. Por lo tanto, cuanto más completamente está un alma envuelta en las criaturas y en sus propias capacidades, por hábito y afecto, tanto menos preparación tiene para tal unión; porque no le da a Dios una oportunidad completa de transformarla sobrenaturalmente. El alma, pues, sólo necesita despojarse de estas desemejanzas y contrariedades naturales, para que Dios se le comunique sobrenaturalmente, por medio de la gracia”. Por eso, concluye San Juan, “la preparación del alma para esta unión... no consiste en que entienda o experimente o sienta o imagine nada, ni respecto a Dios ni respecto a todo lo demás, sino en que tenga pureza y amor, es decir, perfecta resignación y desprendimiento de todo sólo por Dios”.

En referencia a esta purificación y preparación del alma para la unión con Dios, debemos citar las palabras que se encuentran en el Libro de la Institución de los Primeros Monjes, un libro cuya identidad de autor, sin duda, ha sido cuestionada, pero cuya posición como la evidencia más venerable de la tradición espiritual carmelita permanece segura. Porque “ponerlo en duda”, dice el P. Patrick de San José, O.C.D., “sería mostrar una singular ignorancia de la sustancia de esta sublime obra; de hecho, a los ojos de aquellos para cuya instrucción fue escrito, el valor documental y puramente histórico del libro ha sido siempre de importancia secundaria”. En la Institución se esboza el espíritu de la vida carmelita y el fin al que debe tender el carmelita, así: “Esta vida (del Carmelo) tiene un doble fin. El uno lo adquirimos por nuestro propio trabajo y por la práctica de las virtudes, con la ayuda constante de la gracia divina. Este fin es ofrecer a Dios un corazón libre de toda mancha de pecado; y este fin se alcanza ...cuando nos ocultamos en aquel amor del que dice la Sabiduría: La caridad cubre todos los pecados Dios, queriendo que Elías alcanzara este fin, le dijo: Escóndete junto al torrente de Carit”. Hay que señalar que este “fin” al que se refiere la Institución no es un fin en sí mismo, sino sólo en la medida en que es una preparación necesaria para el fin último del hombre. Vemos, pues, cómo claramente todos los carmelitas están obligados a tender hacia la unión íntima con Dios, ya que la preparación para esta unión es uno de los principales objetivos de la vida carmelita.

Siguiendo utilizando a San Juan de la Cruz como guía, encontramos otra referencia a la purificación preparatoria del alma en La noche oscura del alma. En el tercer capítulo del primer libro de la Noche leemos: “Por mucho que se esfuerce el alma, no puede purificarse activamente de modo que esté en el menor grado preparada para la unión divina de la perfección del amor, si Dios no toma su mano y no la purifica... en la forma y manera que hemos de describir”. Una lectura superficial de este texto podría llevarnos a afirmar que el Santo se contradice. En efecto, ¿no dijo en la Subida que el alma sólo necesita despojarse de todo lo que se opone a Dios para llegar a la unión con Él? Sin embargo, aquí parece decir que el alma es incapaz de alcanzar tal unión. La solución del problema es ésta: en la Subida el Santo hablaba de aquel grado de unión con Dios que depende de la acción del alma, que se adquiere por nuestros propios esfuerzos, es decir, junto con la ayuda habitual de la gracia. En la Noche Oscura del Alma nos dice que hay un grado de unión con Dios -un grado posible incluso en esta vida- que está más allá de la industria del alma para alcanzarlo. Es un grado de unión al que Dios llama a las almas interiores generosas que han alcanzado el grado inferior de unión por su propia actividad personal. Dios llama al alma, y si el alma no se resiste a su gracia, la conduce con fuerza, pero con suavidad, a través del llamado “purgatorio antes de la muerte” o purificación pasiva del sentido y del espíritu, que suele llamarse la noche oscura. Una mirada a la naturaleza de estas purificaciones nos permitirá ver su necesidad y apreciar la elevada e íntima unión con Dios a la que conducen.

El alma interior generosa en el comienzo de su vida espiritual es comúnmente bendecida por Dios con consuelos sensibles. Estos consuelos son, en efecto, momentáneamente útiles, pero se convierten fácilmente en un obstáculo para la obra de la gracia de Dios cuando se buscan por sí mismos con una especie de glotonería espiritual. De aquí la necesidad de una purificación pasiva de los sentidos que ponga al alma en sequedad sensible y la conduzca a una vida espiritual más desligada de los sentidos, de la imaginación y del razonamiento. Por los dones del Espíritu Santo, particularmente por el don de ciencia, el alma recibe un conocimiento intuitivo y experimental de la vanidad de las cosas terrenas y de la grandeza sin límites de Dios. Para resistir a las tentaciones que Dios a menudo permite que el alma sufra en este tiempo, deben realizarse actos muy meritorios, cuando no heroicos, de las virtudes de castidad y paciencia. A veces sucede que el alma experimenta tal purificación pasiva cuando se ve privada de un ser querido por muerte o alejamiento, cuando se ve acosada por enfermedades o pruebas familiares, etc.

Esta purificación pasiva tiene por objeto subordinar nuestras facultades inferiores de los sentidos a nuestras facultades espirituales superiores del intelecto y de la voluntad. Pero también estas facultades superiores necesitan una purificación pasiva muy profunda. Como ha escrito San Juan de la Cruz, incluso después de la purificación de los sentidos “aún quedan en el espíritu las manchas del hombre viejo, aunque el espíritu no piensa que esto sea así, ni puede percibirlas; si estas manchas no se quitan con el jabón y la lejía fuerte de la purgación de esta noche, el espíritu será incapaz de llegar a la pureza de la unión divina”. Incluso los que han avanzado tanto en la vida espiritual, por lo tanto, todavía se buscan inconscientemente a sí mismos, a menudo en gran medida: están muy apegados a su propio juicio, a su manera particular de hacer el bien. Están, en una palabra, demasiado seguros de sí mismos. “El demonio”, escribe San Juan, “también acostumbra, en este estado, a llenar (a estas almas) de presunción y orgullo... y estas imperfecciones son tanto más incurables cuanto que tales almas las confunden con perfecciones espirituales”. Estos son, sin duda, los defectos que los demás ven en nosotros, y que nosotros mismos no vemos sólo porque estamos engañados por nuestro amor propio.

La purificación del espíritu es, pues, indispensable; es verdaderamente un “purgatorio antes de la muerte” purificar de toda imperfección la virtud de la humildad y las tres virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Esta purificación procede de una luz infusa, que es ante todo una iluminación del don de entendimiento y que nos parece oscura sólo porque es demasiado fuerte para los débiles ojos de nuestro espíritu. Nos revela cada vez más claramente la grandeza infinita de Dios, superior a todas las ideas que nosotros mismos podemos formarnos de Él. Por otra parte, nos muestra nuestra propia defectibilidad y nuestras propias deficiencias, que a menudo se extienden mucho más allá de lo que habíamos pensado. Entonces la humildad se convierte en verdadera humildad de corazón: la voluntad de no ser nada, el reconocimiento de que Dios lo es todo. También durante esta purificación, Dios permite generalmente que asalten al alma tentaciones muy fuertes contra la fe, la esperanza y la caridad, a fin de que el alma pueda realizar actos heroicos de éstas, las virtudes más elevadas. El alma está obligada a creer, a falta de cualquier otra razón, por este único motivo: Dios lo ha dicho. El alma está obligada a esperar, contra toda esperanza humana, porque Dios, el todopoderoso, no abandona a su criatura si antes no es abandonado por ella. El alma está obligada a amar a Dios, no por los consuelos sensibles o espirituales que Él pueda darle, sino porque Él es la Bondad Infinita; está llevada a amarlo más que a sí misma, puesto que Él es infinitamente mejor que ella misma. De este modo, también, el alma es llevada a amar a su prójimo a pesar de su ingratitud, y a ayudarlo a salvarse.

Esta purificación pasiva del espíritu conduce así a lo que se llama la muerte mística, es decir, a la muerte del amor propio, del orgullo espiritual o intelectual tan sutil, a la muerte del egoísmo, raíz de todo pecado. En el fondo del alma, pues, reina incontestablemente el amor a Dios y al prójimo, según el precepto supremo: “Amarás al Señor tu Dios con amor de todo tu corazón, de toda tu alma, de todas tus fuerzas y de toda tu mente; y a tu prójimo como a ti mismo“.

El paso generoso por estas purificaciones de los sentidos y del espíritu sitúa al alma en la llamada vida mística, vida que se caracteriza por actos que no pueden ser producidos por nuestra actividad personal ayudada por la gracia común, sino que requieren una inspiración especial, que se define como un conocimiento sencillo y amoroso de Dios, por encima de los razonamientos y en la oscuridad de la fe. El alma es introducida en esta contemplación infusa cuando experimenta con éxito la purificación de los sentidos, y tal contemplación se hace más elevada cuando Dios considera oportuno llamar al alma a una perfección más alta y a la unión con Él mismo. De ahí que los términos vida mística y vida contemplativa se empleen a menudo indistintamente: tanto el uno como el otro designan aquella vida que tiene su principio y su fin en el amor, aquella vida que es el ejercicio eminente de las virtudes de humildad, fe, esperanza y caridad. En esta vida el alma arde por ver la belleza de Dios. Es verdad que la contemplación no es la perfección; la perfección, lo sabemos, se encuentra esencialmente en la caridad. Pero la contemplación es el medio más excelente unido al fin, ya que nos une a Dios, pues “la vida contemplativa se dirige al amor de Dios, no de cualquier grado, sino al que es perfecto”. Con tal vida el hombre “ofrece su alma en sacrificio a Dios”, y es, por así decirlo, un comienzo de la bienaventuranza perfecta, “pues nos otorga una cierta bienaventuranza incipiente, que comienza ahora y se continuará en la vida futura”.

¿Cuál es la posición del carmelita respecto a este grado superior de unión al que Dios eleva a las almas interiores verdaderamente generosas? Volvamos para responder a esta pregunta a la Institución citada más arriba. Habiendo esbozado el primer fin de la vida carmelitana, a saber, ofrecer a Dios un corazón verdaderamente puro, el autor del libro continúa: “El otro fin de esta vida se alcanza únicamente por el don de Dios. Este fin es que podamos sentir y experimentar en nuestra mente y corazón el poder de la presencia divina y la dulzura de la gloria celestial, no sólo después, sino incluso durante esta vida. Esto es beber del torrente de la complacencia de Dios. Y fue este fin el que Dios prometió a Elías, diciendo: Y allí beberás del torrente”. No se nos ocurre mejor comentario de estas palabras que el del P. Titus Brandsma, O.Carm., que así escribía en su artículo sobre la espiritualidad carmelita en el Diccionario francés de espiritualidad: “Nunca, que yo sepa, en ninguna Orden, un libro que proporcione una norma de vida y describa el fin hacia el que deben tender los miembros de la Orden ha anunciado de manera tan formal la vocación a la vida mística”.

Sabemos que los carmelitas se dedicaron exclusivamente a la vida contemplativa hasta el siglo XIII. Después, es cierto, la Orden recibió una marcada orientación hacia la vida activa; sin embargo, la orientación distintiva carmelita hacia la vida contemplativa no cambió entonces, ni ha cambiado desde entonces. Por ejemplo, el primer Prior General de la Orden después de San Simón Stock escribió una carta circular en la que esbozaba enfáticamente las tradiciones místicas y la vocación de la Orden. “Nuestra Orden”, escribió, “desde su origen se ha distinguido de todas las demás por la solidez de su espíritu contemplativo. Tenemos la dicha de recibir, en nuestras celdas, la dirección luminosa del Espíritu Santo. Un tesoro de inestimable valor se nos revela en el deleite de la contemplación, para que nuestra alma, desprendida de todas las cosas terrenas, se entregue con todo fervor a este impulso contemplativo”.

También el Beato Juan Soreth, que reformó nuestra Orden en el siglo XV, habló con elocuencia y fuerza de la vida mística como vida carmelitana. Escribió que la lectura de la Sagrada Escritura, la Ley de Dios, debe provocar en nosotros una verdadera alegría espiritual por la presencia del Huésped Divino en nuestras almas. Nos dice que hemos sido elegidos, o más bien que estamos estrictamente obligados, a crecer constantemente en el puro amor de Dios. La oración para el carmelita, enseña, no debe ser sólo un oasis en el desierto de la vida, sino la vida entera. Y según su doctrina, el trabajo apostólico está subordinado al fin primordial de la Orden, que es la conversación íntima y constante con Dios.

La Reforma Teresiana, como es bien sabido, insistió también en la elevada vocación del carmelita. Y San Juan de la Cruz insiste repetidamente en la preparación que deben hacer las almas para que Dios las favorezca con sus gracias: “Y aquí nos incumbe notar por qué son tan pocos los que llegan a este excelso estado. Debe saberse que esto no se debe a que Dios se complazca en que haya pocos elevados a este elevado estado espiritual -al contrario, le complacería que todos lo fueran-, sino más bien a que encuentra pocos vasos en los que pueda realizar una obra tan alta y excelsa”. Y el Santo exclama en su Cántico Espiritual: “¡Oh almas creadas para estas grandezas y llamadas a ellas! ¿Qué hacéis? ¿En qué os ocupáis? Vuestros deseos son mezquindades, y vuestras posesiones miserias. Oh desdichada ceguera de los ojos de vuestras almas, ciegos a tan grande luz y sordos a tan clara voz, no viendo que mientras buscáis grandezas y glorias permanecéis miserables y privados de tantas bendiciones, y os habéis vuelto ignorantes e indignos”.

La Reforma de Touraine del siglo XVII mantuvo también esta misma idea de la vida carmelita, como se desprende de los escritos de Miguel de San Agustín, uno de los principales discípulos de esta reforma. En su obra Introducción a la vida interior, señala: “... los religiosos de otras órdenes se glorían en sus respectivos institutos; los carmelitas, sin embargo, se glorían más en su vocación, que es meditar día y noche en la ley del Señor, y, siendo constantes en la oración, mantener perpetua conversación con Dios”.

Finalmente, en las actuales Constituciones de nuestra Orden, encontramos estas palabras: “profesamos que el fin principal y primario de la Orden consiste en la oración y la contemplación”.

Al darnos cuenta de la alta vocación a la que hemos sido llamados -ya sea como miembros de la Primera, Segunda o Tercera Orden, laicos o regulares-, nuestros primeros sentimientos deben ser de profunda gratitud a Dios y a su Madre y de sincero aprecio por la vida y el espíritu de la Orden. A continuación, debemos renovar nuestro buen propósito de intentar ser fieles a nuestra vocación, de intentar alcanzar ese grado de santidad -y es un alto grado- al que Dios nos llama con toda seguridad. Ese alto grado, sin duda, será el resultado de un don gratuito de Su parte. Pero primero tenemos que usar los medios para disponernos a tal don, usar los medios particulares que tenemos como Carmelitas: silencio, soledad, oración, mortificación, consagración completa a María; y el uso de estos medios en el Carmelo formará el tema de artículos posteriores. Finalmente, nuestra súplica constante debe ser que Dios nos permita alcanzar ese grado de unión activa con Él que Él requiere antes de elevarnos a una unión más íntima. Mientras practicamos la vida ascética carmelita en silencio, oración y mortificación, seremos fieles a las palabras que el Señor nos dirigió a través de su profeta Zacarías: “Volveos a mí y yo me volveré a vosotros”. Mientras oramos para que Él nos permita prepararnos activamente para recibir los favores que desea concedernos, le responderemos con las profundas palabras de Jeremías: “Conviértenos, Señor, a Ti, y nos convertiremos”.

Thomas McGinnis, O.Carm. | En el espíritu del Carmelo, nº 1 - 1951

The Carmelite Charism

¿Qué significa vivir el carisma carmelita?

“El nombre Carmelo evoca imágenes atractivas y fascinantes de montaña, encuentro amoroso, fraternidad y justicia. Sugiere belleza; y se detiene en lo que es más esencial en la vida de la persona humana. El Carmelo tiene una manera de hablar de Dios que ayuda a la gente a saber cada vez más que el Señor es nuestro Dios, no hay otro, y que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, mente y fuerzas, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Hay una belleza en el Carmelo que puede inspirarnos. Tenemos la sensación de que el Carmelo puede ser precisamente lo que la gente busca hoy en todas partes”.”

Reverendísimo Padre Miceal, O.Carm.
Prior General, Orden de los Carmelitas (2019-2025)

Próximo evento vocacional

Se invita a los hombres católicos de 19 a 39 años que estén discerniendo una llamada a la vida religiosa a asistir a Discernir el camino carmelita, Un día de reflexión orante con el P. Michael Joyce, O.Carm. Celebrado en el Centro Espiritual Mount Carmel en Niagara Falls, Ontario, este evento ofrece una oportunidad para alejarse, escuchar profundamente y explorar cómo Dios puede estar llamando a los participantes a vivir el camino carmelita de oración, comunidad y servicio.

TRANSCRIPCIÓN DEL VÍDEO

El mundo se mueve rápido.
Ruido. Plazos. Opiniones. Distracciones sin fin.
Sin embargo, durante más de 800 años, los carmelitas han llevado un ritmo diferente.

Un ritmo de oración.
De la comunidad.
De servicio.

El carisma carmelita comenzó en el Monte Carmelo, en Tierra Santa, donde los ermitaños se reunían en silencio, buscando no escapar del mundo, sino un encuentro más profundo con Dios dentro de él.

De ese principio surgió una espiritualidad arraigada en la contemplación.
No la contemplación como retraimiento... sino la contemplación que nos abre los ojos a las personas que nos rodean.

El camino carmelita nos enseña a escuchar.
Notar la presencia de Dios en el silencio, en la Escritura, en las relaciones y en los momentos ordinarios de la vida cotidiana.

En el corazón del Carmelo está la oración.
No sólo palabras pronunciadas en voz alta, sino una vida vivida en la conciencia de la presencia de Dios.

El corazón del Carmelo es la comunidad.
Caminando juntos. Apoyándonos unos a otros. Buscando juntos.

Y en el corazón del Carmelo está el ministerio.
Porque la oración auténtica siempre se orienta hacia la compasión, la justicia y el servicio.

El carisma carmelita no está reservado sólo a frailes o hermanas.
La viven los laicos, las familias, los estudiantes, los ministros y todos los que buscan a Dios en medio de la vida cotidiana.

Para los carmelitas, el camino no consiste en tener todas las respuestas.
Se trata de aprender a caminar con Dios... un momento, una oración, un acto de amor a la vez.

Rezar.
Comunidad.
Ministerio.

Este es el carisma carmelita.
De raíces antiguas.
Vivo en el mundo de hoy.


Los Carmelitas de la Provincia del Purísimo Corazón de María, en fidelidad a Jesucristo, viven en una postura profética y contemplativa de oración, vida común y servicio. Inspirados por Elías y María e informados por la Regla Carmelita, damos testimonio de una tradición de ocho siglos de transformación espiritual en los Estados Unidos, Canadá, Perú, México, El Salvador y Honduras.

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