"El Carmelo enseña a la Iglesia a rezar". - Papa Francisco

De preguntar a escuchar


La evolución de la oración en el camino carmelita

Por Kenneth J. Pino

Para muchas personas, la oración empieza de forma muy sencilla. De niños, a menudo aprendemos a rezar pidiendo cosas. Le pedimos a Dios que nos ayude, nos proteja, nos consuele y nos dé lo que creemos que necesitamos. Estas primeras oraciones pueden ser sencillas, inmediatas y personales: ayúdame a aprobar este examen, ayuda a mi equipo a ganar, ayúdame a no tener miedo, ayúdame a conseguir lo que quiero.

No hay nada de malo en este comienzo. La oración de petición suele ser el primer lenguaje de la fe. Enseña al niño que Dios está cerca, que Dios escucha y que se puede acudir a Él. Un niño que pide ayuda a Dios ya ha dado el primer paso hacia una relación con Él. La oración puede ser sencilla, pero no carece de importancia. Es la apertura del corazón.

A medida que el niño crece, la oración suele ir ampliándose. El niño que antes rezaba sobre todo por sí mismo puede empezar a rezar por los demás: por sus padres, amigos, abuelos, profesores, los enfermos, los que se sienten solos o los que están pasando por dificultades. La oración se vuelve menos egocéntrica y más compasiva. El corazón empieza a descubrir que el cuidado de Dios no se limita a las necesidades de una sola persona. El amor de Dios se extiende hacia fuera, y lo mismo ocurre con la oración.

Con el paso del tiempo, las cosas por las que rezamos también cambian. Podemos pasar de peticiones vagas o abstractas a preocupaciones más concretas. Rezamos por los estudios, el trabajo, las relaciones, las decisiones, el dolor, la enfermedad, el perdón y el sentido de la vida. Las oraciones empiezan a calar más profundamente en la vida real. Ya no se trata solo de pedirle a Dios que cambie las circunstancias. Se convierte en una forma de presentar toda nuestra vida ante Dios.

En algún momento del camino espiritual, la oración puede dar un paso más. Empezamos a leer las Escrituras no solo como palabras en una página, sino como un mensaje vivo. Empezamos a escuchar lo que Dios nos dice a través de las historias, las luchas, las promesas y los silencios de las Escrituras. Empezamos a vernos reflejados en los personajes de la Biblia: en su miedo, su deambular, su esperanza, sus fracasos, su valentía y su anhelo de Dios.

Esta etapa de la oración ya no es solo una petición. Se convierte en reflexión. Nos sentamos ante la Palabra de Dios. Dejamos que nos cuestione, nos moldee, nos inquiete, nos consuele y nos guíe. Empezamos a comprender que la Escritura no es simplemente algo que hay que estudiar. Es algo en lo que hay que adentrarse. Se convierte en un espacio sagrado donde el alma se encuentra con Dios.

A partir de ahí, la oración puede profundizarse hasta convertirse en contemplación. La oración contemplativa no consiste en decir más palabras. A menudo, consiste en decir menos. Se trata de permanecer lo suficientemente en silencio como para percibir la presencia de Dios. Se trata de permitir que el corazón descanse en Dios sin necesidad de controlar la conversación.

La contemplación no es un logro. La contemplación no es algo que se ‘gane’. Tampoco es algo a lo que tengamos derecho por todos los esfuerzos que hayamos realizado para llegar hasta ella. La contemplación es como un niño que descansa en los brazos de sus padres, en paz con la certeza de que, pase lo que pase, está a salvo en los brazos de quien le ama y le protege. La contemplación trae alegría, que no es lo mismo que la felicidad. La felicidad va y viene. La alegría es la perspectiva duradera que surge cuando reconocemos la profundidad de nuestra conexión con Dios. Y esa perspectiva, ese estado de alegría, es el fruto de la contemplación. La alegría persiste incluso en los momentos difíciles y en las noches oscuras.

En esta oración más profunda, pasamos de hablarle a Dios a estar con Él. Pasamos de pedirle a Dios que nos lo explique todo a aprender a observar dónde está actuando ya Dios. Empezamos a ver a Dios no como alguien distante u oculto, sino como alguien presente en el mundo, en las personas, en la misericordia, en el sufrimiento, en la belleza, en el servicio y en los silenciosos movimientos de la gracia.

Se trata de un cambio profundo. La persona madura en la oración no deja de pedir. La petición sigue formando parte de la vida espiritual. Pero pedir ya no lo es todo en la oración. La oración se convierte en escuchar. Se convierte en ver. Se convierte en responder.

La pregunta ya no es solo: “Dios, ¿qué vas a hacer por mí?”. Ahora es: “Dios, ¿dónde estás presente y cómo me llamas a responder?”.”

Es aquí donde la tradición carmelita se expresa con especial belleza. El camino carmelita siempre ha sido un camino hacia el interior, pero nunca hacia el interior por sí mismo. El Carmelo invita al alma al silencio, a la soledad, a la oración y a la contemplación, para que la persona pueda vivir más plenamente la presencia de Dios en el mundo.

El carmelita no se aleja del mundo para huir de él. El carmelita aprende a ver el mundo a través de los ojos de la oración. En el silencio del Carmelo, el ruido del egoísmo empieza a desvanecerse. En la contemplación, el alma se vuelve más atenta. En la oración, el corazón se abre más a Dios.

Este camino no consiste simplemente en volverse más espiritual. Se trata de volverse más fiel, más cariñoso, más consciente y más receptivo. El fruto de la oración no es solo el consuelo personal. El fruto de la oración es la transformación. Una persona que ha escuchado verdaderamente a Dios empieza a vivir de otra manera.

Este es el paso del camino carmelita a la vía carmelita.

El camino carmelita es un camino de crecimiento: de la súplica a la compasión, de la Escritura a la reflexión, de la reflexión a la contemplación, de la contemplación a la comunión. A lo largo de este camino, la oración madura. La persona madura. El alma aprende que a Dios no solo se le encuentra en las respuestas, sino también en su presencia.

El camino carmelita es lo que ocurre cuando ese recorrido se convierte en una forma de vida. Ya no es algo que practiquemos solo en la capilla, solo en silencio o solo en determinados momentos del día. Se convierte en el modelo que rige nuestra forma de ver, escuchar, amar y servir. El camino carmelita es la oración encarnada.

En su esencia más profunda, la oración no es una forma de evadirse del mundo, sino una manera más clara de adentrarse en él. Aprendemos a ver cómo actúa Dios hoy: en los pobres, en los que sufren, en los generosos, en quienes buscan la verdad, en los heridos, en los que promueven la paz, en los actos cotidianos de misericordia que a menudo pasan desapercibidos.

Una vida de oración madura no exige que Dios demuestre constantemente quién es. Por el contrario, aprende a reconocerlo. No interroga a Dios desde la distancia, sino que observa, escucha y responde desde el seno de una relación de confianza.

Esta es la esencia de la vida contemplativa. Este es el don del Carmelo. La oración comienza con la petición, pero no termina ahí. Se convierte en escucha. La escucha se convierte en visión. La visión se convierte en amor. Y el amor, cuando se vive con fidelidad, se convierte en el camino carmelita.

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