"El Carmelo enseña a la Iglesia a rezar". - Papa Francisco

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Teresa y la humanidad de Cristo
Primera parte

Una de las grandes bendiciones de la espiritualidad actual son las enseñanzas ricas y estimulantes del Concilio Vaticano II. Se trata del esfuerzo constante por devolver a Jesús al centro de nuestra búsqueda de Dios. Esta apuesta por centrarnos en Cristo siempre ha sido un elemento fundamental de toda renovación auténtica a lo largo de nuestra dilatada y variada historia cristiana.

Teresa afirma que uno de sus mayores errores fue pensar que la reflexión y la toma de conciencia sobre la humanidad de Cristo eran solo para principiantes. Llegó a comprender la importancia fundamental del papel de Jesús y lamentó profundamente su error. A partir de entonces, siempre situó a Jesús en el centro de su oración personal, de sus enseñanzas y de sus escritos, independientemente del grado de avance de su desarrollo espiritual.

En el libro de su Vida, hay unos capítulos especiales, del once al veintidós, dedicados a las cuatro etapas de la oración. En ellos, transmite un mensaje especial sobre la importancia de centrarse en la humanidad de Cristo.

“El alma puede situarse en presencia de Cristo y acostumbrarse a arder de amor por su sagrada humanidad. Puede mantenerlo siempre presente y hablar con Él, pidiéndole lo que necesita y quejándose de sus fatigas, alegrándose con Él en sus gozos y sin olvidarse de Él por culpa de ellos, tratando de hablarle no a través de oraciones escritas, sino con palabras que se ajusten a sus deseos y necesidades” (Vida, cap. 12, n.º 2).

Teresa recoge este tipo de afirmaciones sobre la humanidad sagrada a lo largo de toda su obra. Siempre destaca la necesidad del encuentro con Cristo como parte esencial de nuestra búsqueda del verdadero yo y de Dios.

He aquí una afirmación de Juan de la Cruz que respalda especialmente la enseñanza de Teresa sobre la humanidad sagrada. En ella se describe la necesidad que tienen los principiantes de encontrarse con el Jesús de los Evangelios.

“En primer lugar, ten el deseo constante de imitar a Cristo en todas tus acciones, ajustando tu vida a la suya. A continuación, debes estudiar su vida para saber cómo imitarlo y comportarte en todas las circunstancias tal y como Él lo haría” (La Ascensión, Libro 1: Cap. 13, #3)

Teresa consideró que la humanidad de Jesús le resultaba de gran ayuda para desarrollar un enfoque equilibrado de la contemplación y de toda su espiritualidad. Jesús era el centro de su vida y de su oración. Los Evangelios constituían la fuente principal de su oración. No dejaba de proclamar a todos la urgencia de ser amigos de Jesús y amantes de Cristo.

Este compromiso con Cristo siempre implicará la cruz. “”Ya sea al principio, en medio o al final, todos tienen su cruz, aunque estas cruces sean diferentes. Todos los que siguen a Cristo, si no quieren perderse, deben recorrer este camino que Él recorrió». (Vida 11:5)

Teresa sabía bien que solo en el Jesús de los Evangelios podemos encontrar la auténtica rectitud en nuestra fe cristiana. Cada época debe enfrentarse a engaños y defectos culturales que nos empujan hacia un camino más fácil. Ya sea en la búsqueda de la verdadera caridad fraternal o de la oración sincera, en las exigencias de la justicia o en nuestro apego a las posesiones, el poder del ego ataca constantemente nuestro compromiso con el Evangelio como un cáncer. Está carcomiendo la verdad del Evangelio. Esto conduce a una imagen de Jesús mucho menos exigente que el Jesús de los cuatro evangelistas. Este falso Jesús ha sido un fenómeno que se repite una y otra vez en la historia de nuestra fe.

Teresa enseñaba que siempre debemos acudir a Jesús en busca de la luz y la verdad, por muy incómodo o difícil que resulte. Solo Jesús es la fuente de toda verdadera integridad en la vida.

Asumir el riesgo de Jesús: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”.”

Tenemos que mantener constantemente la mirada fija en Jesús. Debemos dejar que su palabra penetre en nuestra mente y en nuestro corazón para que transforme nuestro ser interior.

El Evangelio revela el fundamento de toda espiritualidad auténtica y nos llama a la transparencia de una verdadera identidad cristiana. Nos enseña que ser discípulo de Jesús es seguirle. En eso consiste la vida cristiana: en seguir a Jesús.

Teresa nos enseña que el núcleo del encuentro con Jesús es una transición que nos lleva de nuestra visión de la felicidad y de nuestras prioridades a la visión y la llamada de Jesús. Esta conversión inicial se repite muchas veces. Amplía nuestro mundo a medida que nos mantenemos fieles a Jesús en el camino hacia Jerusalén. La oración nos lleva a una aceptación cada vez más generosa de la voluntad de Dios. Una experiencia de oración nueva y más madura, que brota de esta sucesión de conversiones, nos da fuerzas para vivir de una manera que esté genuinamente guiada por la voluntad de Dios. Las exigencias de la justicia y del medio ambiente siempre llaman a la puerta de nuestro corazón, al igual que las necesidades de nuestro prójimo. Esta apertura a las circunstancias de nuestra vida es la forma en que la fidelidad crece en nuestro interior.