Este Correo electrónico: se publicó originalmente en Rezar juntos.
Mateo 18:15-21
Cuando surge un conflicto, Jesús nos pide que lo afrontemos con humildad y con el corazón abierto al perdón radical. Recordemos los consejos del Sermón de la Montaña (Mt 5-7). Hay todo tipo de enseñanzas sobre el perdón y la reconciliación. Una de ellas, muy pertinente en el caso que nos ocupa, es:, “Quítate primero la viga de tu ojo, y entonces verás con claridad para quitar la paja del ojo de tu hermano.” (Mt 7, 5)
En segundo lugar, Jesús nos aconseja sacar a la luz el conflicto o el daño, ponerlo a la vista de todos. Acercarnos con amor y vulnerabilidad a quien nos ofende nos ayuda a ver otro punto de vista. A menudo, nos damos cuenta de que no hay solo dos versiones de cada historia. A veces hay seis o siete formas de interpretar la realidad.
Cuando tenemos que corregir a otra persona, la clave es el amor. Solo el amor puede abrir una mente y un corazón cerrados. Las emboscadas emocionales, con correcciones altivas y amonestaciones dolorosas, rara vez abren la puerta a la reconciliación. El amor es el camino hacia la sanación y hacia la verdad que nos hace libres a todos.
La enseñanza de Jesús tiene como objetivo evitar que caigamos en la trampa de sentirnos víctimas. La víctima busca dividir, no sanar. Cuando nos sentimos víctimas, agravamos el problema al contar a los demás cómo nos han hecho daño. De este modo, perturbamos aún más a la comunidad. Lo que realmente estamos haciendo es buscar poder para controlar a los demás.
Jesús nos pide que involucremos a los demás de una forma totalmente diferente. Solo después de haber buscado personalmente la reconciliación, debemos involucrar a una o dos personas más de forma positiva. El objetivo no es el castigo ni el control, sino el perdón y la compasión.
Esto es lo que nos enseña el Evangelio. Jesús introduce esta lección con la parábola del pastor que deja a las noventa y nueve ovejas para ir en busca de la oveja perdida. A continuación, responde a la pregunta de Pedro sobre cuántas veces debemos perdonar. Jesús dice que no debemos perdonar solo siete veces, sino setenta veces siete, lo que significa que no hay límite.
No obstante, Jesús también nos enseña que hasta el final habrá cizaña entre el trigo. Por el bien de la comunidad, puede ser necesario apartar de ella a quien no se arrepienta. Pero incluso en este caso, debemos seguir mostrándonos abiertos y, siempre que sea posible, buscar la reconciliación.
Por último, Jesús nos enseña a llevarlo todo a la oración. Como nos enseña mi gran amiga Santa Teresa de Ávila, uno de los grandes dones de la oración es el autoconocimiento. ¡Es gracias a este don que podemos afrontar la vida en comunidad con una humildad más profunda y una mayor apertura para no ser los primeros en lanzar la piedra! (Jn 8, 7)