Este Correo electrónico: se publicó originalmente en Rezar juntos.
La dimensión social del autoconocimiento
Consecuencias de la falsa conciencia
Las cinco observaciones siguientes ayudan a aclarar la intensidad de esta falsa conciencia que nos envuelve.
- Estamos atrapados en una falsa conciencia.
- Esta falsa conciencia crea una visión del mundo que constituye una grave distorsión de la realidad, pero que, no obstante, aceptamos como verdadera.
- Parte de esta perspectiva, fomentada por la sociedad y la cultura, e impulsada por nuestro egoísmo innato, nos define principalmente como consumidores.
- Nos vemos limitados por los prejuicios profundos y ocultos que tienen como objetivo proteger nuestros privilegios económicos, políticos, culturales, de género, sociales y raciales, a costa de la exclusión y la privación de los demás.
- El poder del ego libra una lucha implacable para evitar cualquier merma de su control sobre nuestra falsa conciencia.
La interacción de todas estas fuerzas, que generan una falsa conciencia, influye profundamente en nuestra búsqueda de la felicidad. El hecho es que estos patrones de consumo son un camino infalible hacia la decepción y el dolor definitivos. Son patrones de engaño y distorsión. Crean una mentalidad que persigue objetivos que, al final, nunca pueden alcanzar una felicidad duradera. El auténtico conocimiento de uno mismo es la única salida. Jesús nos ha dicho: “La verdad os hará libres” (Juan 8:32). El primer paso en el camino hacia la libertad es salir del cautiverio de las mentiras destructivas. Tenemos que adentrarnos en la verdad del llamado de Dios a nuestra inocencia original. Esta es la tarea de la vida cristiana. El autoconocimiento es un aspecto fundamental de esta aventura. Del mismo modo, nos vemos bombardeados por una gran cantidad de prejuicios que supuestamente protegen nuestros intereses personales.
Mi camino espiritual ha sido una lucha constante por liberarme del racismo, los prejuicios contra la comunidad LGBTQ y el sexismo. Todas estas mentiras destructivas se han arraigado profundamente en mi falsa conciencia a lo largo de toda una vida. Como un cáncer, han ido carcomiendo silenciosamente mi bienestar espiritual. La búsqueda del verdadero autoconocimiento me ha llevado a librar una encarnizada batalla contra mi cautiverio arraigado. Con el tiempo, la búsqueda de una vida auténtica ha dado lugar a un mayor autoconocimiento. Esto solo ha sido posible gracias al encuentro con Jesús en los Evangelios y a una profunda oración personal. La lucha continúa. Otros elementos de esta falsa conciencia colectiva son nuestra ceguera ante numerosos y profundos patrones que van en contra de nuestro entorno. Una segunda área es la ceguera que sustenta la injusticia inherente en las relaciones entre ricos y pobres en todos los ámbitos de la vida.
La urgencia de la transformación personal
La oración desempeña un papel especial en la creación de este autoconocimiento vivificante. El encuentro con la Palabra de Dios y con la voluntad de Dios en una oración personal profunda es nuestra puerta de acceso a nuestro verdadero destino: ser uno con Dios. La oración es una invitación a reorientar nuestras vidas. La luz de las Escrituras a menudo abre nuevos horizontes en nuestra conciencia cotidiana. En el corazón de la Palabra de Dios se encuentra la persona de Jesús. Conocer a Jesús nos lleva a un conocimiento más profundo de nosotros mismos. Esta nueva madurez espiritual nos abre nuevas formas de aceptar a los demás. Nuestras relaciones y responsabilidades trascienden el estrecho mundo de la preocupación por uno mismo.
Van adquiriendo una actitud más amplia de apertura, aceptación y servicio hacia los demás. Este crecimiento personal contribuye a que nuestro amor por Jesús sea más real.
El lento proceso de crecer en el autoconocimiento conduce a un desarrollo gradual de la transformación personal denominada «conversión». Este proceso se repite en varios niveles. El camino para descubrir y aceptar el Verdadero Yo, que nos lleva a Dios como centro, solo puede comenzar cuando reconocemos nuestro carácter pecaminoso, nuestros prejuicios y nuestra mezquindad. Una vez más, la humildad se revela como algo esencial para nuestro crecimiento en la oración. Reconocer nuestro carácter pecaminoso nos libera para amar verdaderamente a Jesús y a nuestro prójimo.
Afrontarnos a nosotros mismos con honestidad es una tarea difícil. No es una parte agradable de nuestro crecimiento. El precio que hay que pagar por la fidelidad a Dios, este caminar con Jesús, ahuyenta a los tímidos y a los que buscan la comodidad. Cuando aceptamos el reto de reconocer nuestras limitaciones, descubrimos el puente que une nuestro corazón y nuestra vida. Esta conexión siempre une la llamada amorosa de Dios y nuestra aceptación de estos tres elementos: nuestra pobreza, nuestro anhelo de la misericordia de Dios y nuestra determinación de avanzar hacia el Verdadero Yo.