"El Carmelo enseña a la Iglesia a rezar". - Papa Francisco

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La oración: Camino hacia la renovación personal 

Esta es la novena de once reflexiones sobre las enseñanzas de Thomas Merton acerca de la dinámica entre el verdadero yo y el falso yo. Esta relación conflictiva pero esclarecedora impregna la ingente cantidad de escritos de Merton sobre la vida espiritual. El punto básico del conflicto es la atracción del individuo hacia y desde Dios, su verdadero y último destino. La exposición que hace Merton de las consecuencias del pecado original es despiadada en su intensidad. Esta es la tarea del falso yo. Al mismo tiempo, la atracción del Yo Verdadero, la llamada siempre presente del amor personal y apasionado de Dios, es aún más poderosa. El corazón humano es el campo de batalla de este enfrentamiento aparentemente interminable.

La tradición carmelita afirma claramente que estamos llamados a la unión con Dios como meta de nuestro pleno desarrollo humano. Esta es otra manera de decir que nuestra meta es la victoria del Verdadero Ser. Esta es la peregrinación a la inocencia del Paraíso. Logramos esta transformación mediante un proceso de purificación que comienza con nuestro esfuerzo por vivir una vida auténtica y de oración. Concluye por la acción de Dios en el estado de contemplación. Nuestra vida cristiana nos conduce, a través de la oración, a la experiencia de Dios que nos purifica y transforma.

Santa Teresa de Ávila tenía en gran estima la oración vocal. Para ella, el punto clave era que necesitamos prestar atención a quién estamos rezando junto con el mensaje de las palabras de la oración. La práctica común de la oración mental en su época se llamaba meditación. Consistía en utilizar la mente y la imaginación para agitar el corazón. Esto la llevó a una de sus frases más famosas, “La oración mental, en mi opinión, no es otra cosa que un compartir íntimo entre amigos. Significa tomarse el tiempo de estar a solas con Aquel que sabemos que nos ama”. (L 8.5)

El pensamiento y la imaginación de la meditación tienen por objeto mover el corazón para conocer mejor a Cristo y buscar la voluntad de Dios. Esto desarrolla nuestra transformación personal. Teresa nos dijo que el objetivo de la oración es “No pensar mucho, sino amar mucho”. (IC.4.1.7)

Teresa siempre vio la importancia de la oración como algo que nos lleva a una relación de amor más profunda con Cristo. Para Teresa, la meditación era un esfuerzo necesario. Con crecimiento y dedicación, la esperanza es que Dios nos llame al don de la contemplación. Mientras tanto, tenemos que hacer la práctica constante de rezar como podamos cada día.

Efectos de la oración

Cuando rezamos regularmente con un profundo compromiso personal, suceden cosas en nuestro interior. La purificación y la transformación se manifiestan en una nueva conciencia. Comenzamos a confiar con un nuevo sentido de seguridad espiritual. La fe nos lleva a estar abiertos a que Dios nos marque el camino, guiándonos a través de la oscuridad. Nuestras relaciones se enriquecen con un nuevo sentido de la compasión. Asimismo, nos volvemos más tolerantes y amables con nosotros mismos y con los demás. Los fracasos se vuelven menos traumáticos e incluso parecen una apertura para dejar que Dios tome las riendas. Aceptamos nuestros defectos. No necesitamos perseguir sin cesar el quedar bien. Empezamos a ver nuestra búsqueda de valía personal como algo irrisorio sin la misericordia de Dios.

A medida que nuestra oración se hace más auténtica, se produce un movimiento hacia nuestro verdadero centro, donde está Dios. Esto significa ir más allá del yo superficial, del yo absorto en el mundo publicitario de nuevos productos interminables para llenar el vacío de un corazón mal dirigido. Este es el yo adornado por un patrón de vida de ensimismamiento. Este es el Falso Yo. La oración abre el paso al Yo Verdadero. Aunque este viaje hacia el interior en la oración ofrece innumerables bendiciones, siempre es limitado y deficiente. Poco a poco nos permite ver lo lejos que estamos de nuestro verdadero destino: la unión con Dios.

Con esta nueva atención a Dios en la oración, se producen cambios aún más profundos en nuestro interior. Empezamos a ver la necesidad de más honestidad y autenticidad en todas nuestras relaciones con las personas, las cosas y las ideas. Nos resulta más fácil echar fuera la viga que tenemos en el ojo y aceptar más a los demás con todos sus defectos. Las situaciones de o lo uno o lo otro empiezan a desaparecer. La visión de la vida de "ambas cosas a la vez" florece como una posibilidad real para nosotros. Finalmente, empezamos gradualmente a experimentar la vida enraizada en una abrumadora sensación de la presencia misericordiosa de Dios. La oración, en efecto, abre el camino para nuestro regreso al Paraíso. Esta es la experiencia de pasar del Falso Yo al Verdadero Yo.